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Contrayendo nuevos super poderes

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Cuando era pequeño nuestro médico era siempre el mismo, un entrañable abuelete, alto, delgado con enormes orejas de las que nacía un buen matojo de pelo. Este buen hombre se llamaba Don Marcelo y tanto yo, como todos mis primos y familia le recordamos con un gran cariño. De pequeño siempre te pasas un buen tiempo en la consulta, que si revisiones periódicas o una visita por una fiebre o una tos. La consulta del médico es algo siempre aburrido para un niño, pero la cosa era menos cuando sabías que verías a Don Marcelo, te sacaría una sonrisa y te llevarías del regalo el palo que uso para sujetarte la lengua mientras escudriñaba tu garganta. Pero aun con todo la espera hasta que eras atendido era siempre interminable.

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